Entrevistas — 21 agosto, 2014 at 10:28 pm

Entrevista a Valeria Esquivel

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Foto: Esteban Widnicky

Valeria Esquivel se ha incorporado recientemente al Instituto de Investigación de las Naciones Unidas para el Desarrollo Social (UNRISD) como Coordinadora de Investigación en Género y Desarrollo. Antes, desarrolló una extensa carrera académica en Argentina, en la Universidad Nacional de General Sarmiento y en el CONICET. Es Licenciada en Economía por la Universidad de Buenos Aires, y Magister y Doctora en Economía por la Universidad de Londres. Como economista feminista reconocida a nivel internacional, ha trabajado, entre otros temas, en la conceptualización de la “economía del cuidado”,  y ha realizado aportes con relación al diseño, levantamiento y análisis de encuestas de uso del tiempo. Es miembro de la red GEM LAC, el grupo de economía y género de América Latina, de la Asociación Internacional para la Economía Feminista (IAFFE) y de la Asociación Internacional para la Investigación de Empleo del Tiempo (IATUR), entre otras.Recientemente ha editado el libro La Economía Feminista desde América Latina: Una hoja de ruta sobre los debates actuales en la región (ONU MUJERES, Santo Domingo, 2012) y, junto con Elizabeth Jelin y Eleonor Faur, Las lógicas del cuidado infantil: entre las familias, el estado y el mercado (IDES/ UNFPA/ UNICEF, Buenos Aires, 2012).

>> ¿Cuáles son las características y los principales resultados que arrojó la Encuesta sobre trabajo no remunerado y del uso del tiempo relevada por el INDEC?

La Encuesta sobre trabajo no remunerado y del uso del tiempo relevada a nivel nacional como módulo de la Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAHU) es una encuesta de tareas corta, con 4 preguntas sobre grupos de actividades realizadas en el día de ayer (1 pregunta sobre trabajo doméstico, 2 sobre cuidados, 1 sobre ayudas a otros hogares que abarca tanto trabajo doméstico como cuidados). Como tal, constituye una necesaria y bienvenida primera aproximación a nivel nacional al volumen de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado. Comparados con experiencias previas en el país basadas en diarios de actividades del día de ayer (Ciudad de Buenos Aires en 2005 y Gran Rosario en 2010) los resultados de esta Encuesta son similares en términos de tasa de participación en el trabajo doméstico y en el cuidado de mujeres y varones, tanto en los cruces por posición en el hogar como por presencia de niños/as menores y condición de actividad. Los tiempos promedio por participante, sin embargo, son sistemáticamente mayores (comparando, en ambas encuestas, a la Ciudad de Buenos Aires). Probablemente esto se deba al tipo de cuestionario empleado, ya que las personas “estiman” su respuesta, al tener que responder al total de tiempo dedicado a un número elevado de actividades. Por otra parte, no sabemos a ciencia cierta si estos tiempos incluyen, o no, a las actividades simultáneas.

>> ¿Cómo influye en la inserción laboral de las mujeres las inequidades de género en la distribución del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado? ¿En qué medida afecta el grado de independencia, libertad y autonomía de las mujeres?

Existe consenso, y evidencia empírica que lo soporta, que las elevadas cargas de trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que asumen las mujeres, en gran medida como consecuencia de una desigual distribución de las mismas al interior de los hogares, constituye un freno a su participación laboral. En muchos casos, estas elevadas cargas las empobrecen, tanto en términos de la falta de oportunidades de generación de ingresos como de su pobreza de tiempo. Sin embargo, las cargas de cuidado y su desigual distribución no son, solamente, un impedimento a la inserción laboral de las mujeres, o un “problema de la oferta”. Son también una dimensión de la inequidad de género que se sobreimprime sobre otras dimensiones de la inequidad: la de ingresos, evidentemente, pero también territoriales, generacionales, educativas, de acceso a la protección social y a servicios públicos de calidad…  En este sentido, la demanda por políticas de cuidado (incluyendo las llamadas de conciliación) no puede articularse sólo en términos funcionalistas, de “activación de las mujeres”, a riesgo de quedarse sin sostén cuando se eleva el desempleo y de perder su potencial transformador. Por el contrario, deben pensarse en términos de equidad en clave del reconocimiento de estas cargas –la encuesta de uso del tiempo es, en efecto, un paso en este sentido– y de la redistribución de las mismas, no sólo al interior de los hogares, sino entre los hogares y la sociedad en su conjunto.

>>¿Qué políticas públicas permitirían fomentar una distribución más equitativa del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado al interior de los hogares? ¿Qué experiencias internacionales son más interesantes en este sentido?

Para hablar desde las políticas públicas sobre los cuidados, es necesario enfatizar que la distribución del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado  que observamos no es ni inamovible ni “natural”. Ciertas políticas públicas juegan un papel central en esta distribución: es el caso de las que operan sobre el mercado de trabajo (sosteniendo la demanda de empleo, igualando derechos entre trabajadores y trabajadoras, y minimizando las brechas salariales por género), de las políticas sociales (de acuerdo al grado de “maternalismo” que presenten), de los modos de acceso a la protección social (si atados o no al empleo),  del acceso a servicios públicos de cuidado universales y de calidad. En cierta medida, éste es un catálogo rápido de políticas: si aquello que vemos es resultado de la acción (o inacción) estatal, entonces una distribución más justa de las cargas de cuidado es también posible en el marco de políticas públicas adecuadas.

En momentos en los que el “cuidado” ha entrado en las agendas nacionales y supranacionales, es necesario, sin embargo, “cuidarnos” de que este concepto se vacíe de contenido. Por ejemplo, parecen haber tenido más impacto aquellas iniciativas nombradas como tales (el caso de Costa Rica y de Uruguay vienen al caso, aunque su extensión y grado de avance sea limitado), pero esto no nos debe impedir reconocer la existencia de servicios de cuidado en otros contextos, aun cuando no se nombren como tales (estamos hablando de la educación inicial, y servicios de  cuidado de adultos mayores, por ejemplo).  El reconocimiento del trabajo doméstico y de cuidado de las mujeres como un aporte al bienestar social –y vaya que lo es– no puede ser una excusa para reforzar estereotipos de género, ni para justificar transferencias de ingresos que sostienen niveles mínimos de consumo, pero que son insuficientes para remunerar el cuidado. En el mismo sentido, los “créditos” por el tiempo de cuidado en sistemas de pensiones contributivos –ya sean reales o retóricos– no resuelven las inequidades de género en el acceso (que se debe también a trayectorias informales, y a bajos salarios relativos) ni reemplazan a las pensiones no contributivas como forma de evitar el empobrecimiento en la vejez.

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